El pequeño papel con la palabra Dambulla recorre una a una las manos de los choferes que desde sus sillas esperan los pasajeros, uno asiente invitando a subir. Imágenes budistas de todo tipo adornan esta vieja camioneta transformada en transporte. Si bien hay varios asientos vacíos invita o indica el primer asiente. El trayecto son cuatro horas de una transitada ruta con continuas paradas donde bajan y suben. Y aunque todos los buses son igualmente blancos y sin ningún signo que los diferencia, nadie se asoma y grita indicando el destino final. Al atravesar algún pueblo o aldea aminora la velocidad a la espera de una señal de alguien a la vera de la ruta. A veces lo detienen y parecen preguntar, el conductor contesta con parsimonia y si el pasajero no sube continúa su viaje sin molestarse. A veces ni preguntan, paran y suben a buscar un lugar; queda para después el boleto. Aún así el pasajero pareciera elegir con precisión cual va a tomar.
Nadie viaja parado, por el contrario hay asientos hasta en el pasillo que ocupan la totalidad del espacio. A veces la parada implica que cinco o seis personas saquen sus sillas y desciendan para dejar al último de la fila bajar en su destino. Nadie se altera ni malhumora, mas bien la situación es vivida con risa y tranquilidad, y aunque son horas de viaje la disposición se mantiene.
Dambulla se arma a la vera de la ruta y es por sus antiquísimas cuevas que fueran refugio de monjes, un centro de peregrinación budista. Al costado del camino principal albergues y hoteles siempre llenos hacen de postas antes de llagar a Siriguilla o a las ciudades ancestrales.
La historia budista de esta isla y las llamadas ciudades ancestrales se remonta a los orígenes y difusión de esta filosofía de vida. El país está sembrado de numerosas y milenarias ruinas de un pasado gloriosa de reyes y maestros.
Aquí en esta pequeña ciudad el atractivo principal son sus cuevas en la cima de un cerro. La subida en parte por escalera, en parte por sendero es un camino zigzagueante que se comparte con familias, monjes y vendedores, todos por igual bajo un sol radiante, traspiramos cada peldaño.
De alguna manera, aquí todos somos visitantes o turistas; las cuevas pasaron a ser de refugio y casa hace miles de años, a centro de peregrinación y turismo.
En la cima una pequeña oficina da la bienvenida y cobra la entrada, y avisa que es obligatorio descalzarse.
Las cuevas están pintadas y plagadas de imágenes budistas de todos los tamaños, poses, colores y formas. Del lugar de recogimiento y meditación poco ha quedado, solo la belleza del lugar. Sus pinturas antiquísimas y sus imágenes no dejan de conmover, pero se acerca mas a un museo que a una refugio monástico.
Un joven monje se acerca y entrega su cámara, quiere ser retratado junto a la escultura mas grande del lugar. Sonríe con naturalidad, cuenta que viene de colombo, que es la tercera vez que visita el lugar. Viene con un grupo de estudiantes a su cargo de un monasterio en la capital.
El calor húmedo y pegajoso del exterior hace de las grutas un oasis de aire fresco. Apenas iluminadas las cavernas ofrecen un viaje al pasado.