Sri Lanka
Solo en una oportunidad acepte arrojar las monedas del I Ching, un poco por cortesía con quien me encontraba en ese momento; pero decididamente por lo que me encontré en la primera hoja del libro: el poema de Borges que encabeza este blog. El I ching o libro de las mutaciones es un libro oracular, enigmático, y supone un universo regido por el principio del cambio. No me quedó ni un recuerdo de aquellos oscuros párrafos que me leyeron del libro y que resultaron señalados como efecto de una extraña combinatoria de tres monedas arrojadas. Pero el título del capítulo leído se enlazo con algo: "El andariego" y he aquí el encabezamiento de estas notas escritas en viaje. Las entradas están ordenadas por país y en orden cronológico. En el cuerpo central están los escritos realizados a medida que se avanza en el camino. A izquierda fotos del lugar, curiosidades, sucesos del viaje y anécdotas. Las páginas están ordenados por país de algunos de los cuales solo hay registro fotográfico.
Kandy - el diente de buda
Queda otro momento contar un poco la historia de este facinante país; multicultural, multireligioso, recientemente salido de una guerra civil. (hace un mes se firmo el alto el fuego formal que se encontraba de hecho hace dos años). Resistiendo a la influencia de la gran India, esta pequeña isla de 200km de ancho por un poco mas de 300 a lo largo, tiene además de uno de los mejores te del mundo, una cultura milenaria con gran presencia budista vinculada estrechamente a la vida política y cultural de la isla; sin olvidar en esta historia la presencia inglesa.
Si bien Colombo es la capital, Kandy es el polo cultural budista de la isla por tener una de las reliquias mas importante para el budismo: “el diente del buda”, pero seamos mas precisos: su canino; creo que el izquierdo. O al menos eso dicen. Está guardado bajo varias llaves dentro del tempo y no es exhibido ni siquiera cuando se realiza la peregrinación una vez al año, donde sale dentro del cofre que lo aloja. Durante la guerra civil fue blanco de atentados por parte de los tamiles, un grupo separatista induista que se encuentra en el norte de la isla, por eso es muy vigilado, presencia militar incluida, hasta firmado el tratado de paz.
La ciudad está llena de vida, que, como es costumbre budista según el sol. Parece que comienza bien temprano en la mañana, lo que es seguro que es muy difícil encontrar un lugar para cenar después de las 9 de la noche.
Dambulla - las cuevas de Buda
La estación de Kandy es un conglomerado de pequeños micros todos blancos sin ninguna identificación de número o destino. Afortunadamente parece que por ser turista hay alguna prioridad a la hora de abusar de la paciencia del conductor con reiteradas preguntas. La presencia budista de esta país tiene sus efectos; al otro lado del estrecho canal que separa sri Lanka de india se notaría la diferencia y no pasaría un minuto que tendría varios conductores ofreciendo viajar quien sabe a donde.
El pequeño papel con la palabra Dambulla recorre una a una las manos de los choferes que desde sus sillas esperan los pasajeros, uno asiente invitando a subir. Imágenes budistas de todo tipo adornan esta vieja camioneta transformada en transporte. Si bien hay varios asientos vacíos invita o indica el primer asiente. El trayecto son cuatro horas de una transitada ruta con continuas paradas donde bajan y suben. Y aunque todos los buses son igualmente blancos y sin ningún signo que los diferencia, nadie se asoma y grita indicando el destino final. Al atravesar algún pueblo o aldea aminora la velocidad a la espera de una señal de alguien a la vera de la ruta. A veces lo detienen y parecen preguntar, el conductor contesta con parsimonia y si el pasajero no sube continúa su viaje sin molestarse. A veces ni preguntan, paran y suben a buscar un lugar; queda para después el boleto. Aún así el pasajero pareciera elegir con precisión cual va a tomar.
Nadie viaja parado, por el contrario hay asientos hasta en el pasillo que ocupan la totalidad del espacio. A veces la parada implica que cinco o seis personas saquen sus sillas y desciendan para dejar al último de la fila bajar en su destino. Nadie se altera ni malhumora, mas bien la situación es vivida con risa y tranquilidad, y aunque son horas de viaje la disposición se mantiene.
Dambulla se arma a la vera de la ruta y es por sus antiquísimas cuevas que fueran refugio de monjes, un centro de peregrinación budista. Al costado del camino principal albergues y hoteles siempre llenos hacen de postas antes de llagar a Siriguilla o a las ciudades ancestrales.
La historia budista de esta isla y las llamadas ciudades ancestrales se remonta a los orígenes y difusión de esta filosofía de vida. El país está sembrado de numerosas y milenarias ruinas de un pasado gloriosa de reyes y maestros.

Aquí en esta pequeña ciudad el atractivo principal son sus cuevas en la cima de un cerro. La subida en parte por escalera, en parte por sendero es un camino zigzagueante que se comparte con familias, monjes y vendedores, todos por igual bajo un sol radiante, traspiramos cada peldaño.

Las cuevas están pintadas y plagadas de imágenes budistas de todos los tamaños, poses, colores y formas. Del lugar de recogimiento y meditación poco ha quedado, solo la belleza del lugar. Sus pinturas antiquísimas y sus imágenes no dejan de conmover, pero se acerca mas a un museo que a una refugio monástico.
Un joven monje se acerca y entrega su cámara, quiere ser retratado junto a la escultura mas grande del lugar. Sonríe con naturalidad, cuenta que viene de colombo, que es la tercera vez que visita el lugar. Viene con un grupo de estudiantes a su cargo de un monasterio en la capital.
El calor húmedo y pegajoso del exterior hace de las grutas un oasis de aire fresco. Apenas iluminadas las cavernas ofrecen un viaje al pasado.
El pequeño papel con la palabra Dambulla recorre una a una las manos de los choferes que desde sus sillas esperan los pasajeros, uno asiente invitando a subir. Imágenes budistas de todo tipo adornan esta vieja camioneta transformada en transporte. Si bien hay varios asientos vacíos invita o indica el primer asiente. El trayecto son cuatro horas de una transitada ruta con continuas paradas donde bajan y suben. Y aunque todos los buses son igualmente blancos y sin ningún signo que los diferencia, nadie se asoma y grita indicando el destino final. Al atravesar algún pueblo o aldea aminora la velocidad a la espera de una señal de alguien a la vera de la ruta. A veces lo detienen y parecen preguntar, el conductor contesta con parsimonia y si el pasajero no sube continúa su viaje sin molestarse. A veces ni preguntan, paran y suben a buscar un lugar; queda para después el boleto. Aún así el pasajero pareciera elegir con precisión cual va a tomar.
Nadie viaja parado, por el contrario hay asientos hasta en el pasillo que ocupan la totalidad del espacio. A veces la parada implica que cinco o seis personas saquen sus sillas y desciendan para dejar al último de la fila bajar en su destino. Nadie se altera ni malhumora, mas bien la situación es vivida con risa y tranquilidad, y aunque son horas de viaje la disposición se mantiene.
Dambulla se arma a la vera de la ruta y es por sus antiquísimas cuevas que fueran refugio de monjes, un centro de peregrinación budista. Al costado del camino principal albergues y hoteles siempre llenos hacen de postas antes de llagar a Siriguilla o a las ciudades ancestrales.
La historia budista de esta isla y las llamadas ciudades ancestrales se remonta a los orígenes y difusión de esta filosofía de vida. El país está sembrado de numerosas y milenarias ruinas de un pasado gloriosa de reyes y maestros.
Aquí en esta pequeña ciudad el atractivo principal son sus cuevas en la cima de un cerro. La subida en parte por escalera, en parte por sendero es un camino zigzagueante que se comparte con familias, monjes y vendedores, todos por igual bajo un sol radiante, traspiramos cada peldaño.
De alguna manera, aquí todos somos visitantes o turistas; las cuevas pasaron a ser de refugio y casa hace miles de años, a centro de peregrinación y turismo.
En la cima una pequeña oficina da la bienvenida y cobra la entrada, y avisa que es obligatorio descalzarse.
Las cuevas están pintadas y plagadas de imágenes budistas de todos los tamaños, poses, colores y formas. Del lugar de recogimiento y meditación poco ha quedado, solo la belleza del lugar. Sus pinturas antiquísimas y sus imágenes no dejan de conmover, pero se acerca mas a un museo que a una refugio monástico.
Un joven monje se acerca y entrega su cámara, quiere ser retratado junto a la escultura mas grande del lugar. Sonríe con naturalidad, cuenta que viene de colombo, que es la tercera vez que visita el lugar. Viene con un grupo de estudiantes a su cargo de un monasterio en la capital.
El calor húmedo y pegajoso del exterior hace de las grutas un oasis de aire fresco. Apenas iluminadas las cavernas ofrecen un viaje al pasado.
Siriguilla - Sri Lanka
Una roca, solo una. Así hablan de Sirigiya. Un antiquísimo refugio de monjes hace mas de dos mil años. En la cima, un sofisticado complejo con todo lo necesario para vivir y meditar, de manera que me imagino, una vez arriba, bajar sea una excepción.
Subir no es fácil, se atraviesan angostas y empinadas pasarelas, con pinturas rupestres en el camino además de ir protegido de unas poco amistosas avispas con un grueso mameluco.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)